jueves, 22 de junio de 2017

MY BUGUI

¡Qué feliz estoy, amigos y amigas, vecinos y vecinas, enemigos y enemigas, niños y niñas, padres y madres, cuñados y cuñadas, médicos y médicas, suegros y suegras, listos y listas!... Por dios, qué cansino esto de estar nombrando sexos y más sexos para no excluir a nadie, ¿La RAE sabe de estas nuevas modas? En mis tiempos esto era más sencillo, más simple.

¿Me estaré quedando obsoleta o simplemente tonta de remate por seguir las costumbres de hogaño? Yo qué sé y hace mucho calor para pensar en cosas sin seso.

Bueno, como os decía amigos, voy a resumir sexos, no os ofendáis, estoy muy feliz. Llegó el verano, llegué al pueblo, dejé de limpiar y vuelvo a ser conductora ocasional.

Mi Pepe hace muchos años me regaló un cochecito…, el más feo que despachaban en el mercado, hasta el color azul desteñido es feo pero me siento la reina de la carretera. No corre, casi no da aire pero le funcionan las ventanillas, sin embargo es maravilloso, mi fiel escudero. Se hace chico, se hace grande, vamos que se abaten los sillones si es que no se atascan, siempre sucio y siempre esperándome en la puerta de casa. Me trae, me lleva, me avisa si tiene hambre, no protesta, no me lleva la contraria, no discute y, ¡qué música se oye!, eso sí, solo una frecuencia, la antena pasó a mejor vida.

Decidme, ¿qué más puedo pedir? Más de uno pensará dónde va esa con ese cascajo; quienes hablan así no saben que pertenezco al club de los sin complejos. Si hasta enseñó a mis Peluches a conducir. Claro, Peluche mayor ahora prefiere ir andando antes que montarse en mi bugui,  ¡ay cuánto tonto y tonta sueltos y sueltas sin saber que lo son! El mundo es infinito si pierdes los reparos, esas vergüenzas que acomplejan y no aportan.

Peluche pequeño el otro día me lo trajo de Madrid. Llegó sudando, tardó por encima de la media estándar y nada más que posó su mirada furibunda en su madre dijo “Odio venir con tu mercadillo, madre” Todo porque venía como…, pues sí, parecía que en cualquier cuneta de la autovía pararía y pondría un mercadillo de plantas, libros, aceites de Sierra Magina, un par de abrigos por si hace frío, unas cazuelas que aquí no tengo…, cosillas útiles para cualquier ama de casa histérica de estar donde esté pero estar rodeada de sus chismes.

Y mi bugui vino deslizándose por la autovía a velocidad de crucero por la derecha para no incordiar la potencia de los buguis de verdad o de otras clases sociales automovilísticas.
Voy ahora mismo a dar un beso a mi Pepe por tanta felicidad, y después sacaré el abanico; este calor no hay quien lo aguante, y pensar que tengo que bajar a Valladolid con esta caló en el bugui con ventanillas abiertas para que entre más calor se me derriten las malas ideas.

¡Qué dignidad tiene mi bugui!

sábado, 17 de junio de 2017

ME LLAMO LOLA…su nacimiento

Queridos amigos, muchos de vosotros me habéis preguntado el cómo y el porqué de mi blog ME LLAMO LOLA y aquí os dejo su historia. Real como la vida misma, eso sí, nació en la realidad y se elevó a la ficción aprendiendo a reírme de mí misma…

¡Ay que sofoco! Creí que perdía el autobús; he dado una carrera con las bolsas de la comida y el portafolios de tal calibre que tropecé y el zapato se me ha roto, pero he llegado a mi meta. El conductor me ha mirado de forma extraña y lo comprendo, pero ha de entender que a las nueve treinta de la noche encontrar una mujer sana y pulcra es harto difícil; despeinada, con manchas de café en la blusa, con el rímel corrido, ojerosa, con olor a sudor, más después de haber corrido los cien metros lisos cuesta arriba, con la mano izquierda sujetando no sé cuantas bolsas y con la otra, un zapato roto y el bono-bus, ah y el móvil pues es original pero no raro.
A esas horas no me miro al espejo, estoy convencida de que me deprimiría más, y he de llegar a casa con un mínimo sano juicio para hacer una de las labores más ingratas en la sociedad actual: ser madre de dos adolescentes; eso es como tocar el infierno, ver a Lucifer por duplicado y desear volver a correr, esta vez, los doscientos metros en busca del autobús. Porque he de contar que desde que salgo de mi casa, estoy corriendo tras ese animal de cuatro ruedas. El hijo de perra creo que se mofa ante mis narices. Yo, corriendo como una poseída y ¡zas!, él pasa solemne, ceremonioso, deslizándose por la calzada como si fuera una pista de patinaje y aquí la susodicha tirada como una colilla a esperar media hora para que pase el siguiente, ¡cómo si a mí me sobrara el tiempo!

En esto, me estoy ya empezando a estresar -aunque mi estrés empieza mucho antes… ya lo contaré más adelante- cuando el móvil suena; me dan ganas de tirarlo a la vía y que un coche lo estruje entre el asfalto y las ruedas. Descuelgo, doy una mala contestación y cuelgo. En fin, ya llega otro cuatro ruedas, me subo, me peleo con una señora que se quiere colar y quitarme el asiento… “¡Y una mierda señora!, estaba yo mucho antes que usted” la digo como una verdulera a punto de comerme a la buena mujer.
Reposo mis posaderas y suspiro, ¡diez minutos de descanso!... Ah pero no, me equivoco, el hijo puta del móvil vuelve a sonar y como estoy de mejor ánimo, contesto; es mi jefe que su afán es darme por el culo desde que me intuye hasta que me desintegro al final del día.
Mi vida laboral es un puto fichero: que si fichero para esto, que subcarpeta de fichero para lo otro, que si ficherito para… vamos, que estoy pensando en hacer un esfuerzo ímprobo por mi parte, porque el Excel se me da mal y el Access ni os cuento, pero la ocasión lo merece, y haría un fichero para guardar a mi jefe y no volverlo a abrir y, otro, para depositar a mis dos adolescentes; éste lo abriría dentro de ocho o diez años, ¿creéis que es el tiempo suficiente?
El caso es que me quito, no sé de dónde, un rato todos los días y aprendo a hacer ficheros para tener todo, todito muy ordenado. Pero es que ahora que me acuerdo, ese gilipollas que tengo por jefe me llama y me dice: “¿Te dio tiempo a terminar mi mega fichero, preciosa?” No le he colgado, pero he puesto el mute y, como una loca en medio del autobús, he chillado “¡Que te jodan a ti y a tus ficheritos!” Después, he respirado hondo y, como si se tratara de la mujer más equilibrada del mundo le he dicho: “No pude, el programa Taylor se espatarró y la gente no podía trabajar, así que me dediqué a darles formación” cuelgo y me siento cansada e infeliz. ¿En qué se resume mi vida?, ¿en correr detrás de un autobús todo el día en vez de ir tras de un cubano macizo, eh?, ¿en que mi capacidad profesional se reduce en aprender a hacer ficheros?, ¿en desarrollar mi imaginación para poder sobrellevar a dos chicos de catorce y diecisiete años que no se aguantan ni a sí mismos?… no me digáis que no es triste.

Hablando de este tema, ¿vosotros tenéis hijos en esa edad tan maravillosa? Yo recuerdo que mi padre me daba una leche, y me dejaba como nueva. Vamos, a duras penas osaba a respirar sin hacer ruido en una semana, pero ahora no, no hijos no, estáis muy equivocados. La situación es otra: ellos no te piden permiso, lo has de pedir tú…, como os lo cuento.
Pongo un ejemplo: me encanta recibir noticias de los amigos que viven fuera, y nos carteamos vía e-mail. Entonces yo tengo que decir al monstruo de turno “Fulanito, si eres amable -jamás lo son, os informo de la primera realidad cruda-, ¿me podrías dejar el ordenador? Y me contesta “No tenía que hacer otra cosa. No me dejas meterme en Internet hasta que a ti te da la gana llegar a casa -ya os he contado que si no llego a casa antes es porque me estoy realizado con los ficheritos y por el placer que me produce que me den por el culo- así que ahora te fastidias mamá” -otro que tiene la sana intención de joderme, con lo feliz que sería siendo virgen, casta y pura-, así que me tengo que resignar a levantarme a las seis de la mañana cuando los angelitos están aún dormidos para contestar a los e-mail de mis amigos, pero mi dicha dura poco porque a las siete aparece un tío más grande que un castillo abrazado a su mascota de peluche, ¡manda huevos lo que hay que ver a esas horas!... Ellos son mayores y autodidactas, saben todo, pero de pronto la niñez llama a sus puertas y no se pueden resistir.
El susodicho angelito me pide que no sea egoísta y le atienda porque tiene un gran problema. Como os podéis imaginar, tiro el ordenador y pongo toda mi atención -la que soy capaz a las siete de la mañana-, me quito las legañas de los ojos y le miro profundamente -antes, me limpio los oídos para que nada distorsione el sonido- y espero expectante la confesión”Mami, estoy obsesionado, no me lo puedo quitar de la cabeza y sé que me vas a decir que no pero es que sueño con ello” “¿Qué te martiriza hijo?”- pregunto inocentemente- “Mira, Mami, he visto unos calzoncillos de Kalvin Klein divinos. Son muy caros, pero merecen la pena que te esfuerces en comprármelos. He pensado que dejes de comprar filetes durante dos semanas y, con lo que te ahorras, puedes comprarlos… Podemos comer mientras macarrones”… ¡Qué generoso el niño! Seremos en vez de los García, la familia Macarrón.
A duras penas me repongo del duro impacto que me ha producido la inquietud de mi primogénito cuando me ataca de nuevo -noto que sus confesiones despiertan a mi estrés muy de mañana- y me dice: “Mami, ya sé que tú de elegancia y de vestir bien, no tienes ni idea, el buen gusto te lo negó Dios -esta afirmación me jode, no por mi mal gusto, sino por meter a Dios en la pasarela Cibeles que de un momento a otro se va a convertir mi casa… Si no… atentos, ya veréis- Pero es que Mami, estoy indeciso, ¿qué me favorece más, el pantalón azul con la camisa pistacho o con la verde musgo? Espera, no seas impaciente -me está amenazando- me pongo ambas cosas y opinas”… Entonces comienza un desfile de modelos con tal rapidez, que no asimilo el vestuario.
Por el rabillo del ojo miro el reloj que se acercan sus manecillas a las ocho; la tarifa plana de Internet se acaba y… yo sin contestar los e-mail.

El reloj marca la hora mágica y la joya de mi niño sale disparado o llegará tarde a clase. Los angelitos cantan El Aleluya de Hendel que me suena a música celestial ¡Al fin, sola! Me digo cuando una voz ronca, aguardentosa y desafinada me dice a la oreja “Buenos días, Madre” doy un salto del susto y me vuelvo. Qué tonta soy por crearme falsas esperanza; se me había olvidado el melenudo, mi benjamín. Los pelos le caen lacios por la cara, parece el anticristo; este espécimen es muy rarito pero buen chico.
Todas las mañanas desayunamos juntos y me cuenta sus cosas; yo encantada de que hable aunque os soy sincera, la mitad de las cosas no entiendo su significado, pero yo dejo que hable y pregunto para que sepa que todo él me interesa. Mis preguntas no le hacen gracia porque opina que soy un poco retrasada; normal que lo piense, si no entiendo lo que me dice, mis preguntas deben sonar a chino porque no sé ni lo que digo.

Hay silencio; no me atrevo a moverme, temo que los hados malignos que me persiguen llamen de nuevo a mi puerta. Necesito un poco de sosiego para hallar un mínimo equilibrio emocional y poder encarar el día.

Se me había olvidado deciros, pero creo que ya os habréis dado cuenta, de que soy muy mal hablada; digo palabrotas constantemente ¡Joder, entendedme! Me sienta genial decirlas. Siento como si mi impotencia se viera compensada al decir de una manera rotunda “Tía puta, cabrón, etc”
A mi marido le pone de los nervios oírme hablar así. Dice que no es de personas educadas, ni es femenino, pero a mí a estas alturas, me importa un carajo ser educada y menos, ser femenina… ¿Para qué me sirve ser mujer?, ¿para ser una puta pringada toda la vida? Estoy hasta el moño de todo y de todos pero, claro, luego pienso en este hombre con el que me casé hace tantos años que ya ni me acuerdo, y me da pena… ¡Es tan bueno! Ejerce de hombre, ya sabéis, de los que explotan a las mujeres pero de manera sutil y delicada y, para colmo, se me ha quedado últimamente impotente, no de pene, que quede claro, sino emocionalmente.
Al pobre le ha jodido una tía gorda en el trabajo y, en casa, la sección juvenil le ha metido una goleada mejor que la del Real Madrid. Lo de los monstruos compartidos le he dicho que no se preocupe pues yo me encargo personalmente de ellos… ¡Qué mal miento Dios!
Pero el asunto de la gorda, no sé por dónde atacar. Me ha enseñado su foto y, cuando la he visto, he pensado -no dicho- ¡Date por jodido! Las mujeres somos víctimas, pero la que sale torcida, ¡coño, coño, coño!“

Ring, ring…” el cabrón de mi jefe me da por culo hasta en mi casa; esto no se puede consentir. Ahora mismo tiro los teléfonos por la ventana…, mira que lo sabía. Me decía a mi misma: “Muñeca hoy es un buen día, sonríe, seguro que viene alguien y lo jode”

Por cierto, no os he dicho que me llamo Dolores, pero llamadme Lola; tiene más personalidad, carisma, como que suena a mujer segura y equilibrada, que sabe lo que ha de hacer en cada momento sin que se le mueva una pestaña de su sitio. Esa soy yo aunque ni yo misma me lo crea.

lunes, 5 de junio de 2017

QUE SE MUERAN LOS FEOS

¡Me encanta ponerme fea! Bueno no; lo que me gusta es ponerme horrorosa. Me sienta genial. Costumbre que había abandona por años de insistencia de mi amiga Mari Pili; me decía de todo menos bonita y yo, ¡más leña al mono! Cuánto más me lo decía, era como un revulsivo contra la belleza. Pero me cansé y decidí hacerla feliz y salir decente al menos a la calle.
Sin embargo, la cabra termina tirando al monte siempre, siempre y hoy…, fea de narices. Me he encontrado a dos vecinas muy cariñosas que me han preguntado que si me encontraba bien y yo he contestado que divinamente. No obstante han afirmado que lo de la literatura no acababa de sentarme al cuerpo. Qué bordes, ¿no?
Todo el mundo tenía que ser como mi Pepe que cuánto más fea, más guapa me encuentra, y el día que me pongo mona me dice de qué voy. Claro que mi Peluche mayor el otro día afirmó que la pintura de indio a mi cara no me favorecía… Ahora que me estoy dando cuenta, ¿no será que estoy permanentemente horrorosa y cuando me adecento como que rechazan mi belleza suprema? No sé, me da igual.

¿Queréis imitarme? Os advierto que es facilísimo. A poco que no hagas ya estás sublimemente fea. Porque cuando eres joven, cualquier cosita como si no hay cosita, estás siempre muy linda pero, ¡ay amiga!, entra en una edad y verás. Tanto que aconsejo mirarse al espejo los días impares y con eso si quitas a mayores un día o dos, mejor qué mejor.

Yo, edad no tengo. Decidí borrarla del DNI y del pasaporte y del libro de familia y de la partida de nacimiento y la partida bautismal. Pero el cuerpo va por libre y ya puede una ser relimpia, quitar cualquier huella que te delate que… o te inflas los morros, te quitas papada, te rellenas las orejas, quitas los ojos o lo que hay a tu alrededor dejándote la cara que no te pareces ni a tu prima la de Puerto Rico o… Claro para eso hay que tener dinero y en este momento la cartera la tengo anoréxica, y lo poco que me queda prefiero invertirlo en risas con mis amigos delante de una copa., qué queréis que os diga, un amigo vale la pena más que una belleza ficticia.

La belleza está dentro y si eres mañoso y la entrenas te verán más bonita que un San Luís- por cierto no sé si San Luis era guapo, eh. Es un dicho castellano.
Pues sí, hoy era de esos días en que mirarme al espejo me daba la risa. Un pantalón de lunares, una camisita de franela de cuadros, una flor sujetando al pelo, un mechón suelto perdido y a su caer. Blanca como el pan candeal. Ojerosa, de esto mucho, muchito. Un bolso verde aprovechando que iba de azul y cuadros fucsias y unas deportivas de invierno con calcetines de rayas también de invierno aprovechando que hoy han bajado las temperaturas y hacen solo 30 grados; tan calentita que iba yo.

De verdad que me he encontrado genial y encima me he reído de mi misma. ¿Qué más quiero?
Tal vez por eso no esté de acuerdo con la canción “Que se mueran los feos”… Vamos, con lo sacrificado que es estar monilla.
¡Viva los horrorosos!

… ¡Qué paridas escribo! Aunque os advierto que a los escritores nos sienta genial de vez en cuando ver que nuestras letras son…