martes, 14 de noviembre de 2017

LOLA LA FARMACIAS

Estoy más chuga que los Chunguitos… Si me dicen que me voy a convertir en un arsenal de pastillas sin ser pastillera, no me lo creo, pero la realidad o la edad, yo qué sé cuál, me hacen tener cuerpo y cara de pastillas de colores, redondas unas veces, alargadas, otras, ¡puerca miseria, leñe!

Para comenzar el día y en ayunas me zampo la dosis del tiroides. Al ratito, ingiero la de la tensión. Al otro rato, si el lumbago no hace pellas y decide quedarse conmigo, un ibuprofeno. Ya en sesión de tarde, un poquito de pastilla para el colesterol y para cerrar el día glorioso, la súper pastilla para que mis nervios descansen.
¿En qué se ha quedado vuestra Lola? En una farmacia, coña. Pero lo más tomate es que mi Pepe se ha convertido en un espía y cuenta las pastillas y si sobra alguna, tenemos el tomate montado.

Menos mal que mi esencia aún sigue intacta, es decir, tanta pastilla no altera el producto que engendré con trabajo, tesón y humor, y en que la vida me ha convertido. Gracias a Dios y aunque camine a ratos torcida, otras, con el rostro contraído, no me quejo. Porque no puede haber algo más desagradable que encontrarte con alguien y ese alguien comience a desgranar con pelos y señales los males enfermizos que la acosan… ¡Noooo, un cuerno de vaca! Yo callada tampoco, antes muerta que muda y hablando del tiempo que es muy socorrido.

¿Veis? Eso es una enseñanza de mi Pepe, el jamás se queja. Claro, que de no quejarse, casi se me muere y los niños y yo diciendo “Hoy a papá se le fue la mano con el güisqui” Pobrecito mío y lo que le pasaba es que tenía tan alta la temperatura corporal que su mente, tan equilibrada siempre, se había desmadrado y decía unas tonterías de tal calibre que los tres nos sentamos a darle palique para que siguiera haciéndonos reír hasta que sus ojillos, cada vez más chiquitos, se pusieron a modo de la niña del exorcista y, leñe, ¡qué susto! Los tres nos pusimos a aporrear la puerta del vecino que es médico.

Así que no hay que dar la brasa al prójimo, pero si te ves mal o si alguien te encuentra diciendo más tonterías de lo normal, dar aviso rápido a alguien que entienda. Y lo de entender lo digo por la gente que sabe, médicos, enfermeras, auxiliares o algo así, y no a un amigo, vecino, conocido o familiar, que su especialidad sea medicarse porque sí. Porque yo una vez, me sentí experta y me tomé una pastilla y me quedé al otro lado casi veinticuatro horas, eso sí, sin dejar de decir tonterías. Desde entonces las pastillas las miro con muchísima prevención y sin consulta médica, no me trago una pastilla ahí me muera.

Y pensando, recapitulando, ¡y mi Pepe que no se toma ni una pastilla! Está como un toro… ¿Veis? No os fieis de las apariencias, estas engañan pues yo tan luminosa siempre y Pepe tan gris siempre y la que usa pilas para iluminar soy yo y no él… ¡Puerca miseria!

3 comentarios:

Ana Mª Ferrin dijo...

Muy buena tu apreciación de que hay que buscar el consejo de "alguien que entienda de verdad".

Ya sabes que hay quien no hace caso de su médico y sí del Tarot o del que despacha en el herbolario...

Beatriz Martín dijo...

jajajaa las pilas se las da tu a pepe ., eres tú quien lo hace sentir vivo , lo de la farmacia es cierto joooo, nunca termino de cumplir los tratamientos me fastidian , , un beso amiga desde mi brillo del mar

Kasioles dijo...

Lo cierto es que tienes una vena de humor que atrae a todo aquél que te lea.
Por lo regular siempre acabas arrancándome una sonrisa.
Yo soy de las que odio tomar pastillas, sólo en caso de extrema necesidad lo tengo que hacer ¡que remedio me queda! pero, para colmo, no sé tragarlas, soy un desastre.
Cariños.
kasioles